
La última cena de graduación © Alejandro Herrera, 2009Las implicaciones verdaderas de una última cena no están escritas en ninguna parte, nadie nos dice, por ejemplo, que después de la degustación de un exquisito manjar puede llegar a nosotros la peor de las desgracias, un accidente, un rompimiento, una intoxicación, incluso, en el peor de los casos la muerte. Pero no pretendo escribir sobre eso, más bien quiero enfocarme en algo menos catastrófico pero no por ello menos triste. Durante cuatro años, para algunos son más, dependiendo del nivel de aprovechamiento, conviví con un grupo de personas que, por circunstancias ajenas al entendimiento humano, terminaron encerradas conmigo en un salón de clases para hacer algo de su vida. En aquel entonces no caí en la cuenta de la importancia de aquellos años de formación y es que, desde mi perspectiva, el aprendizaje no se da unicamente a partir de los conocimientos milenarios de quienes nos precedieron y tuvieron la buena puntada de escribir un libro o varios, sino también a partir de las experiencias humanas que nos dejan quienes se cruzan en nuestro camino.
Después de cuatro años de disputas, de encuentros, de desencuentros, de alegrías, de tristezas llega el final de un ciclo y lo celebramos con vino, con música, con festines, sin embargo, es la última vez que nos vemos las caras antes de partir al sacrificio que conlleva hacerse adulto, tomar decisiones y trabajar para saciar las necesidades impuestas por esta sociedad en la cual vivimos, sufrimos y gozamos.
Yo no deseaba una cena de graduación, estaba harto de mis compañeros, de la escuela, de todo, pero reconozco el significado que trastoca el sentir de las nuevas generaciones cuyas esperanzas y propósitos aún guardan un significado trascendente. He visto partir a pocos realmente, pero espero que, dondequiera que se encuentren, la estén pasando muy bien.
Agradezco al octavo semestre de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación del IESCH, al profesor Urso Martín Camacho y a Francisco Rojas.