jueves 6 de agosto de 2009

La última cena de graduación

La última cena de graduación

La última cena de graduación
© Alejandro Herrera, 2009


Las implicaciones verdaderas de una última cena no están escritas en ninguna parte, nadie nos dice, por ejemplo, que después de la degustación de un exquisito manjar puede llegar a nosotros la peor de las desgracias, un accidente, un rompimiento, una intoxicación, incluso, en el peor de los casos la muerte. Pero no pretendo escribir sobre eso, más bien quiero enfocarme en algo menos catastrófico pero no por ello menos triste. Durante cuatro años, para algunos son más, dependiendo del nivel de aprovechamiento, conviví con un grupo de personas que, por circunstancias ajenas al entendimiento humano, terminaron encerradas conmigo en un salón de clases para hacer algo de su vida. En aquel entonces no caí en la cuenta de la importancia de aquellos años de formación y es que, desde mi perspectiva, el aprendizaje no se da unicamente a partir de los conocimientos milenarios de quienes nos precedieron y tuvieron la buena puntada de escribir un libro o varios, sino también a partir de las experiencias humanas que nos dejan quienes se cruzan en nuestro camino.

Después de cuatro años de disputas, de encuentros, de desencuentros, de alegrías, de tristezas llega el final de un ciclo y lo celebramos con vino, con música, con festines, sin embargo, es la última vez que nos vemos las caras antes de partir al sacrificio que conlleva hacerse adulto, tomar decisiones y trabajar para saciar las necesidades impuestas por esta sociedad en la cual vivimos, sufrimos y gozamos.

Yo no deseaba una cena de graduación, estaba harto de mis compañeros, de la escuela, de todo, pero reconozco el significado que trastoca el sentir de las nuevas generaciones cuyas esperanzas y propósitos aún guardan un significado trascendente. He visto partir a pocos realmente, pero espero que, dondequiera que se encuentren, la estén pasando muy bien.

Agradezco al octavo semestre de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación del IESCH, al profesor Urso Martín Camacho y a Francisco Rojas.

La hija del Dragón

National Hero

National Hero
© Alejandro Herrera, 2009

Laura lo vio volar entre las cuerdas, lo vio poner la mirada en blanco cuando su cabeza se estrelló de frente con la primera fila de butacas. Ya estaba acostumbrada a este espectáculo y las reacciones de los niños y de las mujeres que acompañaban a diputados de poca monta y a comerciantes trasnochadores le parecieron inocuas, después de todo él había sobrevivido a cosas peores, después de todo estabamos ante la presencia del Hijo del Dragón, o quién no recordaba sus hazañas combatiendo a los espectros boreales de Cygnus X-4 o a las mujeres lagarto del desierto perdido de Kabhil Nassar. Cuando se acercaron los paramédicos y pidieron a gritos la camilla para trasladrlo a la ambulancia, Laura entendió que los héroes no son eternos, se magullan, se desgastan y de tanto reabrir sus viejas heridas van muriéndose lentamente.

Antes de ponerse la máscara Laura recordó como se sentía columpiarse en los brazos de su padre mientras se preparaba para salir en búsqueda de los malhechores que azotaban el barrio, inhaló con fuerza para llenarse los pulmones con el aire nocturno de la ciudad, se ciñó la capa y saltó al vacío, esperando honrar al Hijo del Dragón con sus puños y sus ideales, con la sed de justicia que ahora le hervía en el vientre.

martes 4 de agosto de 2009

Hierofanías

Wag the dog

Wag the dog © Alejandro Herrera, 2009

La canción es thursday, y ella; ella está ahí, excavando en las profundidades, dejando correr por sus venas el flujo apocalíptico de un mar sin peces. For a couple of beers and a game of pool she was very good too. La acaricio como un fantasma y a regañadientes me regala un sí, un sí que sabe a viejos amantes, un sí de donde abreva este odio tan vulgar.

Entonces abre las piernas, y de su sonrisa mojada por las lluvias de antaño emerge el grito de quien ha muerto tantas veces. Grita y su voz es un camión sin frenos, un borracho tirado en la banqueta, un callejón solitario, un tren sin retorno.

Grita y no sabe que detrás de su piel de asfalto, orines y sangre es también constelación infinita de nombres sin un rostro determinado (I think I know who you are)

Imitación de la realidad

Cracked (sobredosis)

Cracked (Sobredosis) © Alejandro Herrera, 2009

H. despertó convertido en la oscuridad del alma. A pesar de que siempre supo que en su interior anidaba aquella naturaleza, jamás imaginó que la revelaría de forma tan abrupta. A su lado , la figura de C. se dibujaba en los claroscuros del amanecer. Las caricias de la noche anterior le dolían todavía. C. era el tipo de mujer acostumbrada a exprimir hasta la última gota la lujuria de sus amantes.

Ella le dijo que todo terminaría así. Él desdibujado, convertido en una mancha, en un fantasma de tanto mojarse el sexo y ella, como la bruja mala del cuento, decepcionada por cumplir, a fuerza de costumbre, su papel como némesis ancestral.

viernes 3 de julio de 2009

Una reflexión apocalíptica alrededor de la figura del monstruo

Steam Boy

Steamboy © Alejandro Herrera, 2009.


Yo amaba la modernidad, sí como concepto filosófico-antropológico, amaba las promesas de fraternidad, progreso, igualdad, la posibilidad de vencer la fea costumbre de morirse así, de repente, sin haber conocido el significado de la vida, sin haber conocido el significado del mismo amor, más allá de las fronteras de la palabra. Me gustaba pensar un mundo donde el raciocinio científico proveía respuestas a las incógnitas más viscerales, disfrazándolas de biología, de fotosíntesis, de procesos hormonales, de mitosis infinitas. Me gustaba, y un día me miré en el espejo después de muchos días de no convivir con esa bestialidad tan característica de mi persona. Me mire y comprendí que el monstruo anidaba en las cuencas punitivas de la sociedad, entendí como me había transfigurado en el retrato hablado de quienes utilizan la voz de la ideología para jugar a ser dioses.

Mary Shelley escribió una novela en un momento de esparcimiento pero no fue un suceso aislado, ella conocía el secreto, ella era capaz de distinguir las señales para descifrar el fenómeno que se desenredaba ante sus ojos víctimas de ese monstruo llamado romanticismo. Shelley creó vida de la muerte, vida pensada para el bien pero corrompida por quienes no se hicieron responsables de su obra. Todos de alguna manera somos un poco la criatura, tan ávidos de escapar de aquello que en un primer contacto nos parecía bello y ahora lo miramos con hastío, con el aburrimiento propio de siglos y siglos y siglos de aleccionamiento material, intelectual, moral.

¿Dónde subyace el significado de la trascendencia cuando todo deja de tener un significado? Tal vez, a la manera de nuestro querido Doc. Frankenstein, sólo nos resta aventurarnos en la desolación para perseguir aquello que hemos creado, bajo la consigna de que podríamos no regresar jamás.